El universo Blank Paper

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Yo nunca pensé en ser fotógrafa. Ni se me pasaba por la cabeza. Soy muy torpe con la técnica y me parecía imposible aprender a manejar una réflex, cambiar de objetivos, cargar con una mochila pesada de aquí para allá, trípode ni pensarlo. Y encima tener que esperar el instante decisivo, con lo impaciente que soy yo…

Para ser sincera, en los años de la universidad sí que me llamaba la atención. Mi novio de entonces me regaló su Mamiya, analógica claro, y yo empecé a hacer mis pinitos. Incluso me compré un libro de Ansel Adams, sin saber muy bien quién era, y me hice con un proyector de diapositivas, que ahora está mucho mejor aprovechado en casa de Angélica Dass, a la espera de que aparezcan las diapositivas de su padre.

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Pero no era el momento. Además, era muy caro eso de comprar carretes y revelar fotos. Yo en aquella época tenía hambre de mundo. Mi dinero se iba en los viajes y la Mamiya acabó aparcada en un cajón.

Después llegó el annus horribilis. 2009 fue el año en que perdí a mi padre, a mi tía y a mi tío. La mitad de los fundadores de la familia Saccone se esfumó en siete meses y eso me dejó un vacío inmenso. De repente, el mundo me sobraba. Había llegado el momento de la introspección.

Rosalba, la hermana de mi padre, nunca tuvo hijos. Dejó un dinero a cada uno de los sobrinos. Mi primo arregló la ducha. Yo me compré una Nikon D90 y me apunté a un curso básico de técnica, que obviamente me resultó complicadísimo. Pensé que a Rosalba le gustaría la idea de que estuviese empezando algo nuevo con su regalo póstumo. Era esa idea de comenzar lo que más me reconfortaba.

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Llegué a la escuela Blank Paper en otoño de 2010. Mi objetivo era muy sencillo: quería irme a Brasil y sabía que, con la crisis incipiente, ya no podía vender reportajes como antes. Tenía que hacer texto y fotos para poderme defender como free lance. Esto antes de que se hundiese el sector. Ahora mismo, ni así sobrevives.
Quería aprender cómo ‘ilustrar’ mis reportajes, nada más. Un enfoque práctico para una mujer pragmática.
Pero me topé con Fosi Vegue, la persona más estimulante y sorprendente que he conocido en Madrid.

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Fosi es el director de la escuela y el profesor de fotografía documental (así se llamaba el curso entonces).
Además de destrozar nuestras fotos con un método socrático implacable, Fosi también hacía algo mágico: nos bombardeaba con libros de fotografía. Los abría como si fuesen reliquias, nos mostraba las fotos, destripaba el contenido, no desvelaba el concepto, la melodía, el ritmo.

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Fosi enseguida diagnosticó mi dolencia: “deformación profesional”. Síndrome de reportera, traduje yo.
Todo quería resolverlo rápidamente, a todo le daba un enfoque televisivo, efectista y superficial.
Lo peor es que freía a Fosi a preguntas. No entendía la mitad de lo que se hablaba en clase. No sabía ver.
Estaba en otra longitud de onda. Y claro, no podía soportarlo. Acostumbrada a entenderlo todo (o a tener –erróneamente- esa sensación), me frustraba enormemente toparme con mis límites.

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Con Fosi aprendí a ver. Este manchego seco y modernillo me guió por el laberinto de la ceguera hasta que empecé a vislumbrar algo. Poco, la verdad, pero algo.
Adentrarse en un libro de fotografía junto a Fosi equivalía a penetrar en un territorio encantado, donde contenido, forma y materia se fundían en un viaje iniciático. Nos presentaba a un fotógrafo, sus fotos, su libro, su discurso, su relato, sus inquietudes, todo a la vez.
Fosi enlazaba un libro con otro a un ritmo trepidante, abriéndolos exactamente en la página que venía a cuento, lo cual nos dejaba estupefactos.

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Tiene una memoria increíble, y un conocimiento muy amplio y profundo de la fotografía y de su gran pasión, el fotolibro. Él es el principal culpable de que mi casa se haya llenado de libros de fotografía, que ahora descansan en varias cajas a la espera de ser liberados de nuevo.

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Él también es culpable de que la fotografía entrase como un veneno en mis células, hasta convertirse poco a poco en una prioridad en mi vida.
No nos engañemos. Cuando me preguntan qué hago en la vida, respondo decidida: “¡Periodista!”.
Soy una fotógrafa regular tirando a mala. La técnica sigue siendo un misterio para mí y, aunque con la edad he conseguido moderar mi temperamento explosivo, todavía carezco de la paciencia, la actitud reflexiva y la entrega que necesita todo buen fotógrafo.

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Aún así, he podido llevar a cabo dos proyectos de manera digna.
‘Priroda, Operetta russa in tre atti’ es fruto de la labor de experimentación que he realizado en esta escuela.
http://prirodaoperetta.com/
‘Historias de la Pacificación’, en cambio, es un proyecto que he desarrollado de forma independiente, pero qué duda cabe de que sin los años en Blank Paper jamás se me hubiese ocurrido algo tan ambicioso.
http://www.casamerica.es/exposiciones/historias-de-la-pacificacion-en-brasil

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Blank Paper ha sido mi iniciación a la fotografía. Y como toda iniciación, tiene un punto único e irrepetible.
Para mí, Blank Paper es mucho más que una escuela. Es una cantera de talentos, un lugar de encuentro de personas inconformistas que quieren experimentar con el lenguaje visual, un centro de creatividad que me ha estimulado mucho durante unos años muy complicados.
https://vimeo.com/76429987
Y es el lugar de dónde han salido mucho de los fotógrafos que están destacando en el panorama internacional.
http://www.yorokobu.es/fotolibro-la-fiebre-que-devora-europa/

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A Fosi siempre le digo que es mi maestro. Él se ríe. Con los años ha aprendido a soportarme.
Yo le tengo mucho cariño y le reclamo un abrazo de vez en cuando. Él es un castellano seco y estirado, pero cada vez se deja más.
Aunque no tenemos mucho que ver y él me da 100.000 vueltas, yo siento que ha nacido una amistad.
Voy a echar mucho de menos a mi Maestro y a mi querida escuela.

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Acerca de Valeria Saccone

Me llamo Valeria Saccone. Soy periodista, reportera de televisón y fotógrafa. El orden de los factores no altera el resultado. Vivo en Madrid desde 1998. También soy sovietóloga y hablo ruso. Durante el verano de 2011 he recorrido la parte europea de Rusia, el país más grande del mundo. Más de 5.000 km. desde el Círculo Polar Ártico hasta el subtrópico del Cáucaso.

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