Mis amigos

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Ésta es la agenda de teléfonos con la que llegué a Madrid. No conocía a nadie en esta ciudad.
Eran los contactos que me pasó el novio de una amiga italiana que vivía en Colonia. Su madre era madrileña y me alquiló su piso en el Paseo de Extremadura mientras buscaba un lugar donde quedarme.
La he encontrado mientras hacía cajas. ¡Qué emoción!

Desde entonces, mucho ha llovido. Dejo a muchos amigos en Madrid. Les echaré de menos.
Otros ya se han ido en los últimos tres años. En realidad, hace tiempo que estoy de despedida sin haberme ido.
Es lo que tiene la crisis.

Mi profesión

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carta el pais

Ésta es la carta que cambió mi vida.

Me llegó mientras estaba trabajando en la Deutsche Welle, en Colonia. Pasé por varias redacciones: la radio italiana, cuando todavía se montaba en analógico y los empalmes se hacían con celo; por un programa de TV en ruso llamado ‘Evropa segodnya’, Europa hoy; y por ‘Schauplatz Deutschland’, otro programa que se hacía en alemán, inglés y castellano.

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Me encantaba trabajar en aquella torre de Babel en la que, antes de los recortes que siguieron a la reunificación, se emitía en todos los idiomas del mundo, hasta en urdu, en un intento de limpiar la imagen de Alemania en el mundo.
Eran otros tiempos. Schroeder todavía no había mandado las tropas de pacificación alemanas a Kosovo y sobre el Gobierno de Helmut Kohl todavía pesaban como una losa los Procesos de Nuremberg.
Al fin y al cabo, no hacía ni una década que se había acabado la Guerra Fría.

Yo había comenzado a leer El País en Aquisgrán. Trabajaba de camarera en un bar mientras aprendía alemán. Internet era algo incipiente y muy minoritario, y La Repubblica costaba 2,5 marcos, un precio prohibitivo para una estudiante.
En el bar llegaba la prensa extranjera y también El País.

Yeltsin

En aquella época mi fervor de sovietóloga recién licenciada era muy fuerte. Eran los años de Boris Yeltsin y yo no conseguía enterarme de la actualidad por la prensa alemana. Pilar Bonet era y sigue siendo la corresponsal de Moscú, una magnífica periodista.
Lo que ella no sabe es que fue mi profesora de castellano. Leía todas sus crónicas, a la vez que escuchaba salsa a todas horas (redondeaba mi sueldo de camarera como profesora de salsa, pero ésta es otra historia).
Total, que entre El País, los libros de Isabel Allende y la comunidad de salseros venezolanos, aprendí primero a hablar castellano y sólo después a expresarme en alemán.

Un día vi en El País el anuncio del Máster de Periodismo de El País. Recorté la página y la guardé. Cuando me mudé a Colonia, aquel recorte reapareció amarillento entre mis papeles. (Siempre fui una Diógenes, con la edad sólo puede ir a peor).

Sabía que nunca sería buena ejerciendo el periodismo en alemán. Es un idioma muy distinto al mío y aunque llegué a hablarlo bien, no me veía trabajando allí. Entonces se me ocurrió mandar una carta a El País. Les dije quién era, que me estaba planteando hacer el Máster, pero que nunca había estudiado castellano y quería hacer unas prácticas para ver si tenía nivel para estudiar en España.

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Desde que había vivido en directo el golpe de Rusia que acabó con la Unión Soviética, quería ser periodista a todas costas. En Italia me dijeron que imposible, por eso emigré. El Máster me parecía la única oportunidad para quien había estudiado Ciencias Políticas. Lo bueno es que te ofrecían una beca de un año de duración después del Máster.
Para mí era como obtener un pasaporte hacia la profesión de mis sueños.

Cuando recibí esta carta del mayor periódico de España, no daba crédito.
Me marché a Madrid un 30 de septiembre y el 1 de octubre ya estaba en aquella redacción inmensa, con la clara sensación de haberme metido en algo mucho más grande que yo.

Durante las pruebas de acceso al Máster, Miguel Ángel Bastenier, un gran profesor y un columnista histórico del periódico, me tomó el pelo preguntándome si había confundido El País con una escuela de idiomas. Aquella noche no dormí de los nervios. El caso es que fui la primera italiana admitida al Máster, superando una selección muy dura de más de 400 candidatos.

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Fue un año maravilloso en el que aprendí muchísimo. Después trabajé como becaria, primero en la sección de Local y luego en Negocios…
Hasta el 12 de enero de 2013, nunca he parado de trabajar en lo que más me gusta. Unos años en prensa y otros en la tele, mientras seguía colaborando con revistas porque necesito escribir.
Madrid me ha dado todo lo que soy en lo profesional y es algo que no se puede olvidar.

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Sinceramente, me cuesta mucho asumir la situación en la que me encuentro en este momento.
Sin trabajo por primera vez en mi vida y a punto de emigrar, de nuevo, sin nada cierto que me espera. Lo que más me duele es que la profesión que tanto amo se haya malogrado hasta un punto en el que sólo hay precariedad, servilismo y oportunismo.
Son malos tiempos para los periodistas, y más para los de mi generación, que hemos conocido otra forma de ejercer la profesión.
https://vimeo.com/76429987

Pero yo no me resigno. Todavía no. Nunca me ha gustado la palabra imposible.
A ver qué me depara 2014.

El universo Blank Paper

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Yo nunca pensé en ser fotógrafa. Ni se me pasaba por la cabeza. Soy muy torpe con la técnica y me parecía imposible aprender a manejar una réflex, cambiar de objetivos, cargar con una mochila pesada de aquí para allá, trípode ni pensarlo. Y encima tener que esperar el instante decisivo, con lo impaciente que soy yo…

Para ser sincera, en los años de la universidad sí que me llamaba la atención. Mi novio de entonces me regaló su Mamiya, analógica claro, y yo empecé a hacer mis pinitos. Incluso me compré un libro de Ansel Adams, sin saber muy bien quién era, y me hice con un proyector de diapositivas, que ahora está mucho mejor aprovechado en casa de Angélica Dass, a la espera de que aparezcan las diapositivas de su padre.

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Pero no era el momento. Además, era muy caro eso de comprar carretes y revelar fotos. Yo en aquella época tenía hambre de mundo. Mi dinero se iba en los viajes y la Mamiya acabó aparcada en un cajón.

Después llegó el annus horribilis. 2009 fue el año en que perdí a mi padre, a mi tía y a mi tío. La mitad de los fundadores de la familia Saccone se esfumó en siete meses y eso me dejó un vacío inmenso. De repente, el mundo me sobraba. Había llegado el momento de la introspección.

Rosalba, la hermana de mi padre, nunca tuvo hijos. Dejó un dinero a cada uno de los sobrinos. Mi primo arregló la ducha. Yo me compré una Nikon D90 y me apunté a un curso básico de técnica, que obviamente me resultó complicadísimo. Pensé que a Rosalba le gustaría la idea de que estuviese empezando algo nuevo con su regalo póstumo. Era esa idea de comenzar lo que más me reconfortaba.

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Llegué a la escuela Blank Paper en otoño de 2010. Mi objetivo era muy sencillo: quería irme a Brasil y sabía que, con la crisis incipiente, ya no podía vender reportajes como antes. Tenía que hacer texto y fotos para poderme defender como free lance. Esto antes de que se hundiese el sector. Ahora mismo, ni así sobrevives.
Quería aprender cómo ‘ilustrar’ mis reportajes, nada más. Un enfoque práctico para una mujer pragmática.
Pero me topé con Fosi Vegue, la persona más estimulante y sorprendente que he conocido en Madrid.

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Fosi es el director de la escuela y el profesor de fotografía documental (así se llamaba el curso entonces).
Además de destrozar nuestras fotos con un método socrático implacable, Fosi también hacía algo mágico: nos bombardeaba con libros de fotografía. Los abría como si fuesen reliquias, nos mostraba las fotos, destripaba el contenido, no desvelaba el concepto, la melodía, el ritmo.

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Fosi enseguida diagnosticó mi dolencia: “deformación profesional”. Síndrome de reportera, traduje yo.
Todo quería resolverlo rápidamente, a todo le daba un enfoque televisivo, efectista y superficial.
Lo peor es que freía a Fosi a preguntas. No entendía la mitad de lo que se hablaba en clase. No sabía ver.
Estaba en otra longitud de onda. Y claro, no podía soportarlo. Acostumbrada a entenderlo todo (o a tener –erróneamente- esa sensación), me frustraba enormemente toparme con mis límites.

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Con Fosi aprendí a ver. Este manchego seco y modernillo me guió por el laberinto de la ceguera hasta que empecé a vislumbrar algo. Poco, la verdad, pero algo.
Adentrarse en un libro de fotografía junto a Fosi equivalía a penetrar en un territorio encantado, donde contenido, forma y materia se fundían en un viaje iniciático. Nos presentaba a un fotógrafo, sus fotos, su libro, su discurso, su relato, sus inquietudes, todo a la vez.
Fosi enlazaba un libro con otro a un ritmo trepidante, abriéndolos exactamente en la página que venía a cuento, lo cual nos dejaba estupefactos.

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Tiene una memoria increíble, y un conocimiento muy amplio y profundo de la fotografía y de su gran pasión, el fotolibro. Él es el principal culpable de que mi casa se haya llenado de libros de fotografía, que ahora descansan en varias cajas a la espera de ser liberados de nuevo.

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Él también es culpable de que la fotografía entrase como un veneno en mis células, hasta convertirse poco a poco en una prioridad en mi vida.
No nos engañemos. Cuando me preguntan qué hago en la vida, respondo decidida: “¡Periodista!”.
Soy una fotógrafa regular tirando a mala. La técnica sigue siendo un misterio para mí y, aunque con la edad he conseguido moderar mi temperamento explosivo, todavía carezco de la paciencia, la actitud reflexiva y la entrega que necesita todo buen fotógrafo.

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Aún así, he podido llevar a cabo dos proyectos de manera digna.
‘Priroda, Operetta russa in tre atti’ es fruto de la labor de experimentación que he realizado en esta escuela.
http://prirodaoperetta.com/
‘Historias de la Pacificación’, en cambio, es un proyecto que he desarrollado de forma independiente, pero qué duda cabe de que sin los años en Blank Paper jamás se me hubiese ocurrido algo tan ambicioso.
http://www.casamerica.es/exposiciones/historias-de-la-pacificacion-en-brasil

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Blank Paper ha sido mi iniciación a la fotografía. Y como toda iniciación, tiene un punto único e irrepetible.
Para mí, Blank Paper es mucho más que una escuela. Es una cantera de talentos, un lugar de encuentro de personas inconformistas que quieren experimentar con el lenguaje visual, un centro de creatividad que me ha estimulado mucho durante unos años muy complicados.
https://vimeo.com/76429987
Y es el lugar de dónde han salido mucho de los fotógrafos que están destacando en el panorama internacional.
http://www.yorokobu.es/fotolibro-la-fiebre-que-devora-europa/

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A Fosi siempre le digo que es mi maestro. Él se ríe. Con los años ha aprendido a soportarme.
Yo le tengo mucho cariño y le reclamo un abrazo de vez en cuando. Él es un castellano seco y estirado, pero cada vez se deja más.
Aunque no tenemos mucho que ver y él me da 100.000 vueltas, yo siento que ha nacido una amistad.
Voy a echar mucho de menos a mi Maestro y a mi querida escuela.

Los bolardos

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¿Cuántas veces me han destrozado el lateral del coche? ¿Cuántas veces se han clavado sin piedad en mi pantorrilla o en mi rodilla, causándome un dolor intenso y desesperado? Entonces… ¿por qué están en la lista de cosas que voy a echar de menos de Madrid? ¿Tan ñoña soy?

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En realidad, los bolardos pertenecen tanto al paisaje madrileño como la Plaza Mayor o el ya fallecido Tío Pepe.
No consigo imaginarme un Madrid sin bolardos. Es más, no me cuesta creer que, antes de los bolardos, los coches invadían impunemente las estrechas aceras del centro.

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En mi barrio los adornan con preservativos de crochet hechos a mano. Siempre me he preguntado quién es el friki que se toma la molestia de hacer un crochet a medida para el bolardo y lo coloca, a sabiendas de que va a desaparecer.

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En realidad, no sé quién es más friki, si el que lo hace y lo coloca, o el que lo roba y se lo lleva a casa. ¿O serán los empleados del Ayuntamiento que tienen orden de retirarlos? Me da que debería investigar el apasionante tema de los bolardos…

La Casa do Brasil

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La primera vez que fui a Brasil, hace siete años, estaba convencida de que hablaba portugués perfectamente. Estaba en Bahia y lo único que me decían era ‘gostosa’. Y claro, eso cualquiera lo entiende. Yo respondía en español y mezclaba alguna palabra en portugués. Y por eso pensaba que era toda una experta.

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Después llegué a Rio y empecé a no entender nada. Entonces me di cuenta de que en realidad no hablaba portugués.
A la vuelta me entró una necesidad existencia de dominar este idioma y cuando una cosa se me mete entre ceja y ceja… Total, que empecé a estudiar en la Casa do Brasil.

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Las profesoras Glaucia y Maleka

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La profesora Milla

Allí me topé con un grupo de profesoras tan adorables como locas que, además de hacernos aprender la gramática, nos hicieron disfrazar, actuar, bailar, viajar…

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Durante años, seguí con el grupo de conversación. Salía de la tele, en la Ciudad de la Imagen, y me iba a toda leche a Moncloa para hablar portugués durante una hora y media por semana.

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Más bien nos pasábamos la clase riendo. Incluso hacíamos un revista en portugués. Yo me encargaba normalmente de la portada y de la columna erótica. Porque una verdadera revista no puede no tener una columna erótica. Y a cada número, Glaucia, mi profesora, se desesperaba con lo escabroso que sería el nuevo tema escogido.
https://sites.google.com/site/agazetadacasaonline/home/a-gazeta-da-casa
La revista sigue existiendo, pero desde que no soy alumna, la columna erótica ha desaparecido…

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He pasado unos años muy felices en la Casa do Brasil, incluso junto a Alexandre y Gilson, los cariocas autores de algunas de las fotos de la exposición ‘Historia de la Pacificación’.
http://www.casamerica.es/exposiciones/historias-de-la-pacificacion-en-brasil

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Ahora voy a tener todo Brasil para mí, pero la Casa do Brasil de Madrid siempre ocupará un lugar especial en mi corazón.

Los balcones

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Siempre los amé. Mínimos, cucos, tan madrileños…
Cuando vivía en la calle Manuela Malasaña, tenía uno así. Me encantaba tomar la fresca por la noche, de pie, porque era tan estrecho que no entraba ni una silla.

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Recuerdo que, nada más llegar a Madrid, llamé a Olga, una amiga de un amigo medio español medio alemán, que en Colonia me había dado un par de contactos para mis primeros días de Madrid.

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Olga me llevó al Café Ruiz. Me encantó aquel barrio animado, lleno de vida.
Le dije toda convencida: “Quiero quedarme en Madrid y quiero vivir aquí”.
Al poco tiempo, tuve que volver a Colonia para recoger mis cosas y organizar la mudanza. Por cierto, ya entonces apuntaba maneras como Diógenes: me vine con más de 30 cajas.

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El caso es que encontré piso en la calle Malasaña, pero yo me oriento muy mal y tardé semanas en descubrir que estaba viviendo a escasos metros de aquel café donde proferí en voz alta mi primera declaración de amor a Madrid.

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Ay, estos balconcitos…

Mi peluquería

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Digámoslo abiertamente: soy una persona conservadora, aunque las apariencias engañen. No me gusta cambiar los muebles de sitio, soy de ideas fijas en todo lo que hago, me cuesta alterar mis costumbres, jamás me pondría el pelo azul y sí, durante muchos años llevé el mismo corte de pelo.

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La primera vez que vi a Leti llevaba una cresta punk y extensiones de color verde. Todos en esta peluquería de Chueca, llamada La Baraque, tenían la cabeza rapada de un lado u otro, pearcings enormes en la nariz y peinados dignos de los mejores años de la Movida madrileña.

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Pensé que la amiga que me había recomendado este sitio se esta mofando de mí.
– Yo… yo quería cambiar mi corte de pelo, pero quería algo no muy radical, le dije tímidamente a Leti.
– Ya te veo. Con esa melenita no sé a dónde quieres ir. Déjame a mí que te voy a dar un buen meneo.

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Tras una larga negociación, conseguí que Leti no me rapase la parte izquierda del cráneo. A cambio, cedí en varias cosas. Me hizo un flequillo medio punk y me puso una extensión verde entre mis rizos.

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Aquello fue el principio de una lenta transformación. Nunca he sido fiel tanto tiempo a un peluquero. Cada x meses, entraba por la puerta de esta peluquería tan peculiar y me entregaba (más o menos) a la creatividad de Leti.

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Claro que no le dejaba hacer lo que le hubiese gustado a ella. Pero nos fuimos amoldando. Yo cada vez un poco menos conservadora. Ella cada vez con un peinado más extravagante, y respetuosa y resignada ante mi conservadurismo.

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La Baraque es mucho más que una peluquería. Es un lugar relajado que ispira interminables tertulias, un club de amigos que se pasan por allí a tomar una caña, un after después de alguna noche loca… es el lugar perfecto para enfrentarse al cambio.

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Durante años Leti me ha cortado el pelo mientras me daba palique. Cada vez que aparecía por allí, me regañaba.
– Te he visto en la tele con esta melenita sin forma. Madre mía, cómo estas. El pelo es como la ropa. Hay que cambiarlo a menudo.

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En Rio hay muchas cosas por descubrir, por haber hay hasta peluquerías afro para negras pijas, pero esta peluquería es única e irrepetible.
Made in Chueca.